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martes, 25 de octubre de 2011

Mi tío Agustín

Mi tío Agustín era una de esas personas que molan. Con 70 años daba cien vueltas a sus sobrinos de 50. La vitalidad le sobraba en los ojos y las arrugas de su cuerpo eran sacos de cariño. ¡Y tenía un buen montón! Mi tío Agustín me enseñó a sonreír, porque siempre sonreía y siempre siempre te miraba y sentías que decía ¡Qué bueno es verte! ¡Qué bien que nos encontramos! Mi tío Agustín sabía de piedras y plantas y de Dios. Estaba convencido de que su mujer murió porque, tras operarse de cáncer, no cambió de posición la cama ni colocó la combinación que él le recomendó bajo la cama. Yo no sé si era verdad. Pero sé que mi tío Agustín molaba. Y también que se ha muerto. Con un montón de años bajo los pies y unos poquitos sobre los hombros. Así era mi tío Agustín, los años le resbalaban por el cuerpo y sólo al final, pasados ya los 90, se le empezaron a acumular por encima.

domingo, 12 de junio de 2011

Me gustaría:
Tenerlo claro. Saberlo todo. Sentirme como cuando tenía quince años. No tener dudas. Estar 100 por 100 segura. 

Si fuera así, también encontraría fallos. Lo sé. 

Tengo:
Miedo. Ganas. Curiosidad. Ilusión.

Y el caso es que no me parece poco.

Y en medio de todo esto: me quedo con la Indecisión de YoMisma y con: "eres lo suficientemente importante para decírtelo sin dilación".

lunes, 11 de abril de 2011

susto o alegría


Estoy en que no me encuentro. 3 horas y me he desorientado otra vez. ¡Venga de buscar nortes y surestes! ¡Venga de ramas y abrigos cruzados! ¡Venga de melancolías y otras drogas secretas! ¡Venga, que haya bien de todo!

Y bien, sobre todo, de calmar a la pequeña, que no veas el susto que lleva o susto o alegría, todavía no lo tiene muy claro, pero dice que sin abrazos, no respira...

sábado, 12 de marzo de 2011

Atasco apetencial

Hace años tuve un compañero que, muy convencido, me dijo un día que estudiar no servía para nada. En aquella época aquello me pareció una herejía digna de castigarse en la hoguera de la Plaza Mayor. Claro que entonces ya no había hogueras y la Plaza Mayor caía un poco lejos del instituto, así que lo arreglé con un giro brusco de cabeza y me largué. 

¡Qué tiempos! Entonces tenía el pelo largo y el culo (más) gordo, una prepotencia típica de adolescente y una curiosidad que no saciaba nadie ni nada. Todo mi interesaba y nada bastaba, lo que se traduce en que mi capacidad de concentración y aprovechamiento del tiempo eran nulos. Pero una hizo lo que pudo. Más o menos como ahora, claro.

Siempre he defendido eso de que "El saber no ocupa lugar" y me parece muy bien y muy bonito que cada uno se dedique a aprender de diferentes formas y maneras en función de sus intereses. Yo es que a vivir le llamo aprender; les aclaro, además, que estudié filología para poder hacer estas cosas sin que me tocaran las narices con los significados. A buen entendedor... Podría decirse que he consagrado mi vida al conocimiento o, mejor dicho, al proceso de adquirirlo de manera reglada. Y es que llevo matriculada en cursos desde los 2 años (y sí, en los veranos también me apuntaba a cosas). Cuando acabé la universidad estaba hasta las narices. Así que me apunté al Master de Profesorado (aka antiguo CAP) para poder presentarme a las oposiciones de Secundaria (=estudiar más). 

No se preocupen, yo tampoco he entendido nunca esta tendencia a la personalidad múltiple contradictoria.

Mis ganas. Todas atascadas
Cuando acabé decidí hacer algo que me gustaba y me metí a otro Máster (esta vez a distancia, que no me pillan tan fácil). Y ahora aquí estoy con los músculos de las manos y los brazos tensos por empezar a escribir,  las piernas con ganas de marcha y la cabeza repasando la lista de ideas que tengo para lo uno, deberes que tengo para lo otro y apetencias propias. Total, que nada se mueve porque no se dejan las unas a las otras. Y es que, si algo he aprendido a lo largo de todo estos años es El saber no ocupa lugar, pero tiempo... ¡una barbaridad!

Y ahora a ver cómo arreglo lo de mis ganas.



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